Al terminar la carrera, cuando llegaba a mis manos una receta de fentanilo la dispensaba con
mal sabor de boca intuyendo que el destinatario sería un paciente con cáncer en estado
terminal.
Once años después la película ha cambiado. Hoy también usan fentanilo pacientes con dolor
crónico no oncológico, como el dolor neuropático o lumbalgia. Ayer me comentaba una
compañera que incluso había recibido una prescripción de fentanilo para una paciente con
dolor menstrual agudo. Y todo a pesar de que no hay estudios concluyentes sobre su
efectividad en estos casos y de que sólo está indicado emplear estos fármacos como “plan B”,
cuando el dolor no responde a otras terapias.

¿Por qué ha aumentado su consumo? Se apunta como culpables a la comercialización de nuevos
formatos (fentanilo inhalado o en forma de chupa-chups) o a la eliminación de alguna traba
burocrática gracias la e-receta. En mi opinión son los especialistas de las unidades del dolor y
los médicos de familia quienes tienen la sartén por el mango: aquí la receta es sagrada y sin
receta no hay fentanilo. Ni paraíso.
Otro cantar es cuando escuchamos que en EEUU han aumentado los casos de muerte por
sobredosis con fentanilo y proliferan los laboratorios clandestinos. No mezclemos conceptos:
la dispensación de fentanilo en farmacias es segura y también su uso respetando la posología.
El aumento de las prescripciones puede que haya cambiado la película, pero aún vivimos lejos
de la serie de Breaking Bad.
Fuentes: